Evolución

 

La realidad siempre está presente, está dentro y está afuera, nos acompaña allá donde vamos sin que podamos esquivarla. Es cierto que la realidad tiene, como el mar, una superficie y un fondo, algo tangible y algo que nos parece no tan palpable desde nuestra perspectiva. Vemos lo que vemos de la realidad filtrada por nuestros gustos y disgustos, por nuestra estructura caracterial, por nuestras creencias y supersticiones, en definitiva por las “verdades” con las que comulgamos en nuestra civilización. Vemos, por así decir, lo que queremos ver, o mejor dicho, lo que podemos ver, lo que el miedo, el deseo o la ignorancia permiten.

A la que afinamos un poco nuestra mirada nos damos cuenta que esta realidad que está dentro y está fuera, si es que dentro y fuera tiene algún sentido, se mueve. Esta realidad no es fija, cambia, se transforma, parece volver pero siempre es distinta. No la puedes fijar porque nosotros mismos estamos dentro de esta realidad y nos movemos y cambiamos a pesar de nuestras categorías mentales que prometen fijeza y seguridad.

La pregunta que cae por su peso es si esta realidad impermanente que se mueve constantemente va a algún sitio o simplemente da vueltas y vueltas, o dejada su antojo, se aleja errática hacia la nada. Para responder a esto necesitamos afinar todavía más nuestra atención y darnos cuenta que la separación de los seres y las cosas que nuestros sentidos nos provee es ilusoria. Que la fruta está en el árbol y el árbol en el bosque es evidente. Que cada órgano de nuestro cuerpo se sintoniza y colabora para producir un equilibrio que llamamos salud también es claro. Todo parece retroalimentarse como si secretamente hubiera una visión de conjunto. Incluso detrás de la “cruel” ley de la selva parece que predomina una estrecha colaboración entre las especies. Todo está profundamente interconectado como intuye el sabio.

Aunque hay que aclarar que está profunda interrelación no es una sopa homogénea, parece tener un orden bien preciso que todavía no acabamos del todo de comprender. Si quitamos el primer velo a la realidad observamos que es infinitamente más compleja de lo que sospechábamos. ¿Cómo hacen las células, por ejemplo, en la embriogénesis para saber cuál es el lugar que le corresponde en el desarrollo del feto?

Lo cierto es que la realidad parece mostrarse como aquellas muñecas rusas que dentro de una hay otra y otra y, así sucesivamente. Una especie de anidación hacia lo infinitamente pequeño pero también hacia lo infinitamente grande. El organismo está formado por órganos y éstos por tejidos que están formados por células específicas que a su vez congregan a un sinfín de moléculas en cuyo interior encontramos los diferentes átomos cuya estructura atómica todavía vamos desvelando.

Es cierto, la realidad está compuesta por holones, un concepto acuñado por Arthur Koestler (filósofo social húngaro del siglo XX) que nos indica que una totalidad es al mismo tiempo parte de otra totalidad mayor. Miremos hacia el cosmos o hacia el microcosmos sólo vemos totalidades engranadas en otras totalidades sin vislumbrar todavía un límite. ¿Quién sabe si el universo entero no es otra totalidad en medio de otros universos insospechados?

Desde el Big Bang hasta ahora la realidad ha recorrido un buen trecho, desde las partículas subatómicas a nuestro cerebro la vida ha tenido que dar un vuelco tras otro, ha tenido que remontarse sobre sus propios límites e ir avanzando. Avanzando sí, pero ¿hacia dónde?. Decía medio en broma Brian Swimme, matemático y cosmólogo de California, “este es el mayor descubrimiento de la empresa científica; Toma hidrógeno, déjalo un tiempo, y verás cómo acaba convirtiéndose en capullos de rosas, jirafas y seres humanos”. También decía: “hace 4000 millones de años nuestro planeta era roca fundida, y ahora canta ópera”

Todavía hay mucho debate y mucho revuelo a nivel social y también científico en torno a la idea de evolución. Cierto que la selección natural ajusta y dinamiza el proceso evolutivo pero no lo termina de explicar, no explica los saltos cuánticos, insospechados, que ha dado lugar al desarrollo complejo de la vida. Los cálculos efectuados por algunos científicos desde Fred Hoyle hasta F. B. Salisbury muestran que en 12.000 millones de años (nuestro universo) no existe la posibilidad real de producir una sola enzima por un proceso al azar. Debe haber una dirección y una dirección inteligente en el cosmos.

Podemos insinuar que la evolución con sus mutaciones pero también con sus saltos creativos sigue un impulso donde lo simple es integrado en una nueva complejidad. Nuestro cerebro, por ejemplo, es tricerebrado. El neocórtex envuelve al cerebro límbico y éste se eleva sobre el cerebro reptiliano. ¿Cuál será el siguiente salto evolutivo de nuestro cerebro? Lo cierto es que en este impulso evolutivo crece la complejidad que hay que integrar.

Sabemos que, desde la fisiosfera, aparece la vida, podríamos decir que milagrosamente, vemos entonces que esta bioesfera integra la materia en su interior. Luego vemos como la vida toma perspectiva y aparece un protocerebro que es capaz de tomar decisiones. La nooesfera es vida reflexiva, es decir, la mente se apoya en la vida del cuerpo pero ya es capaz de modificarla. Y ¿qué será la esfera del alma sino la mente consciente de sí misma? La cadena no acaba aquí, ese impulso auto trascendente parece elevarse cada vez más. Un místico diría que el cosmos vuelve a su fuente, se repliega en el espíritu. La imagen mítica en el hinduismo habla del día de Brahman que dura 8600 millones de años que habrá que multiplicar por 365 días y por cien años que supuestamente es la vida del Absoluto si nos atenemos a esta cosmovisión. En todo caso los científicos irán haciendo sus cálculos pero no es descabellado pensar que la creación es un despliegue en diferentes dimensiones desde el origen, llámese Dios o Inteligencia suprema, hasta lo más denso de la materia. Y, por supuesto, el viaje de retorno que llamamos evolución hasta el origen a través del despliegue de la conciencia.

Para entender mejor esta evolución hemos de entender que cada célula es un holón y nosotros otro y el planeta otro más, cierto que cada uno a su escala, holones que tienen cuatro movimientos internos. Hay de entrada una cohesión interna que singulariza su función, que mantiene su individualidad pero también este holón se comunica y se asocia con otros holones formando una red sin perder por ello su individualidad. Una neurona es neurona pero también está dentro de una red neuronal que llamamos cerebro.

En un plano vertical, y aquí está el quid de la cuestión, este holón en condiciones extremas, a través de estímulos adecuados tenderá a ganar una mayor complejidad o a integrar nuevas funciones. El cerebro del homo sapiens integra funciones del lenguaje o del pensamiento abstracto que sus predecesores homínidos no tenían. Y también tenemos la contraparte, cualquier holón si bien puede ganar en complejidad también puede perder complejidad o bien diluirse, así como todas las ramas de los homínidos, salvo la nuestra, no sobrevivieron. En resumen, cada holón tiene cuatro capacidades: autopreservación, autoadaptación, autotrascendencia y autoinmanencia.

Elisabeth Sahtouris, una bióloga norteamericana plantea el ciclo de la evolución en siete estadios. La evolución va desde la unidad hasta la diversidad donde hay que competir con los recursos. La competencia genera nuevos conflictos que implican una cierta negociación hasta llegar a una resolución y cooperación, estableciendo una nueva unidad, repitiendo el ciclo. Una especie de espiral ascendente. Podríamos decir que la evolución crece a sus anchas y, de tanto en tanto, da un salto de nivel. Épocas de una cierta calma (evolutiva) dan paso a una revolución, periodos críticos de aniquilación o de creación de especies. Lo cierto es que la evolución no parece lineal. Decía con un tono de sorna un biólogo (J.S. Haldane) acerca de las 350.000 especies de escarabajos que hay hoy en día: “si la biología nos enseña algo sobre la mente del creador es su desmedida afición por los escarabajos”.

La parte que podemos utilizar para nuestro crecimiento personal de esta idea profunda de la evolución es que estamos en medio de ella, que tenemos por debajo una eternidad de procesos físicos, energéticos, biológicos y sociales, pero también una eternidad por delante. Somos, por así decir, un eslabón en una cadena infinita de vida. Pero, ojo, este eslabón también se puede romper. Nadie nos asegura como especie que vayamos a alumbrar una nueva civilización más justa y no caer en otra barbarie, cuando no en la auto aniquilación.

Los holones emergen en el proceso evolutivo trascendiendo pero incluyendo a sus predecesores en una dirección hacia una mayor complejidad, diferenciación y autonomía relativa. Los holones emergentes se comunican con otros holones formando una holoarquia que es una jerarquía, pero no de poder, sino una jerarquía natural, sin dejar éstos nunca de evolucionar. La dirección es de lo simple a lo complejo, de lo amplio a lo profundo y de lo inconsciente a lo consciente.

Así podemos decir que una hormiga es más compleja, más profunda y más consciente que una bacteria, y claro está, un ser humano más que una hormiga. Pero, no por ello, la elevación en la pirámide de vida evolutiva da derecho al ser humano a pisotear un hormiguero.

Los antiguos decían que así como arriba era abajo, y viceversa. Lo mismo que mueve las estrellas mueve los electrones, siempre hay un paralelismo entre diferentes dimensiones. Este paralelismo se da en todos los órdenes, de alguna manera si fotografiamos la secuencia del embrión hasta que se convierte en un feto completamente formado llegamos a la conclusión que pasa por etapas marinas, anfibios, reptilianas, mamíferas hasta configurarse como ser humano. Es como si en el breve periodo de un embarazo se reconstruyera la misma evolución de la vida desde las primeras bacterias hasta los seres más complejos. Algo así ocurre entre el desarrollo de cada individuo y el de la sociedad. La ontogenia parece reproducir la filogenia del ser humano. Guardando las distancias, las similitudes entre uno y otro son sorprendentes. Algo podremos entender en el desarrollo de uno para comprender el proceso del otro.

De alguna manera nos interesa saber cómo hemos llegado hasta aquí, qué etapas de desarrollo nos han precedido porque, de esta manera, tendremos más claro los pasos que el desarrollo evolutivo nos depara. Lo cierto es que empezamos a ser conscientes del proceso evolutivo y, de esta forma, podemos colaborar estrechamente con este impulso. Poéticamente podemos decir que somos polvo de estrella superespecializado que podemos contemplar las estrellas. Estamos vinculados a un proceso universal y, quizá, esta sea una de las claves para repensar nuestra crisis planetaria desde otra perspectiva. La evolución, tal como la planteamos, nos da un prudente optimismo, el mismo impulso que llevó a los primeros arbustos a convertirse en árboles puede llevar al ser humano, si las condiciones lo permiten, hacia una mayor solidaridad, amistad y cooperación. Sólo hemos de saltar por encima de las estrecheces de nuestra perspectiva.

Por Julián Peragón




A solas con sus pensamientos

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ADN y emociones

A continuación tres asombrosos experimentos con el ADN que prueban las cualidades de autosanación del mismo en consonancia con los sentimientos de la persona, como fue reportado recientemente por Gregg Braden en su programa titulado Sanando Corazones / Sanado Naciones: La Ciencia de La paz y el Poder de La Plegaria. Gregg Braden empezó como científico e ingeniero antes de que se formulara las grandes preguntas.

 

EXPERIMENTO 1

El primer experimento fue realizado por el Dr. Vladimir Poponin un biólogo cuántico. En este experimento se comenzó por vaciar un recipiente (es decir se creo un vacío en su interior) y luego lo único que se dejó dentro fueron fotones (partículas de luz). Se midió la distribución de estos fotones y se encontró que estaban distribuidas aleatoriamente dentro del recipiente. Este era el resultado esperado.

Entonces se coloco dentro del recipiente una muestra de ADN y la localización de los fotones se midió de nuevo. En esta ocasión los fotones se ORGANIZARON EN LÍNEA junto al ADN. En otras palabras el ADN físico produjo un efecto en los no físicos fotones.

Después de esto la muestra de ADN fue removida del recipiente y la distribución de los fotones fue nuevamente medida. Los fotones PERMANECIERON ORDENADOS y alineados en donde había estado el ADN. ¿A que están conectadas las partículas de luz?

Gregg Braden dice que estamos impelidos a aceptar la posibilidad de que existe un NUEVO campo de energía y que el ADN se está comunicando con los fotones por medio de este campo.

 

EXPERIMENTO 2

Este experimento fue llevado a cabo por los militares. Se recogió una muestra de leucocitos (células sanguíneas blancas) de un número de donantes. Estas muestras se colocaron en una habitación equipada con un equipo de medición de los cambios eléctricos. En este experimento el donante era colocado en una habitación y sometido a estímulos emocionales consistentes en vídeo clips que generaban emociones en el donante. El ADN era colocado en un lugar diferente al del donante, pero en el mismo edificio. Ambos donante y su ADN eran monitoreados y cuando el donante mostraba sus altos y bajos emocionales (medidos en ondas eléctricas) el ADN expresó RESPUESTAS IDÉNTICAS Y AL MISMO TIEMPO. No hubo lapso y tiempo retraso de transmisión. Los altos y bajos del ADN COINCIDIERON EXACTAMENTE con loa altos y bajos del donante.

Los militares querían saber cuan lejos podían separar al donante de su ADN y continuar observando ese efecto. Ellos pararon de hacer pruebas al llegar a una separación de 80 Kilómetros entre el ADN y su donante y continuaron teniendo el MISMO resultado. Sin lapso y sin retraso de transmisión.

El ADN y el donante tuvieron las mismas respuestas al mismo tiempo. ¿Qué significa esto? Gregg Braden dice que esto significa que las células vivas se reconocen por una forma de energía no reconocida con anterioridad. Esta energía no se ve afectada ni por la distancia ni por el tiempo. Esta no es una forma de energía localizada, es una energía que existe en todas partes y todo el tiempo.

 

EXPERIMENTO 3

El tercer experimento fue realizado por el Instituto Heart Math y el documento que lo soporta tiene este título: Efectos locales y no locales de frecuencias coherentes del corazón y cambios en la conformación del ADN (No se fijen en el titulo, la información es increíble)

Este experimento se relaciona directamente con la situación con el ántrax. En este experimento se tomo el ADN de placenta humana (la forma más prístina de ADN) y fue colocado en un recipiente donde se podía medir los cambios del mismo. Se distribuyeron 28 muestras en tubos de ensayo al mismo número de investigadores previamente entrenados. Cada investigador había sido entrenado a generar y SENTIR sentimientos, y cada uno de ellos podían tener fuertes emociones.

Lo que se descubrió fue que el ADN CAMBIO DE FORMA de acuerdo a los sentimientos de los investigadores.

1. Cuando los investigadores sintieron gratitud, amor y aprecio, al ADN respondió RELAJÁNDOSE y sus filamentos estirándose. El ADN se hizo más largo.

2. Cuando los investigadores SINTIERON rabia, miedo o estrés, el ADN respondió APRETÁNDOSE. Se hizo más corto y APAGÓ muchos de los códigos. ¿Alguna vez se han sentido descargados por emociones negativas? ahora saben porque sus cuerpos también se descargan. Los códigos del ADN se conectaron de nuevo cuando los investigadores tuvieron sentimientos de amor, alegría, gratitud y aprecio.

Este experimento fue posteriormente aplicado a pacientes con VIH positivos. Ellos descubrieron que los sentimientos de amor, gratitud y aprecio crearon 300.000 veces mayor RESPUESTA INMUNE que la que tuvieron sin ellos. Así que aquí tenemos una respuesta que nos puede ayudar a permanecer con salud, sin importar cuan dañino sea el virus o la bacteria que este flotando alrededor. Manteniendo los sentimientos de alegría, amor, gratitud y aprecio.

Estos cambios emocionales fueron más allá de ser efectos electromagnéticos. Los individuos entrenados para sentir amor profundo fueron capaces de cambiar la forma de su ADN. Gregg Braden dice que esto ilustra una nueva forma de energía que conecta toda la creación. Esta energía parece ser una RED TEJIDA ESTRECHAMENTE que conecta toda la materia. Esencialmente podemos influenciar esa red de creación por medio de nuestra VIBRACIÓN.

 

RESUMEN:

¿Que tiene que ver los resultados de estos experimentos con nuestra situación presente? Esta es la ciencia que nos permite escoger una línea de tiempo que nos permite estar a salvo, no importa lo que pase. Como Gregg explica en su libro El Efecto de Isaías, básicamente el tiempo no es solo lineal (pasado, presente y futuro) sino también profundidad. La profundidad del tiempo consiste en todas las líneas de tiempo y de oración que puedan ser pronunciadas o que existan. Esencialmente, sus oraciones ya han sido respondidas. Simplemente activamos la que estamos viviendo por medio de nuestros SENTIMIENTOS.

ASÍ es como creamos nuestra realidad, al escogerla con nuestros sentimientos. Nuestros sentimientos están activando la línea de tiempo por medio de la red de creación, que conecta la energía y materia del universo.

Recuerda que la ley del Universo es que atraemos aquello en lo que nos enfocamos. Si te enfocas en temer cualquier cosa sea la que venga, estas enviando un fuerte mensaje al Universo para que te envíe aquello a lo que le temes. En cambio si te puedes mantener con sentimientos de alegría, amor, aprecio o gratitud y enfocarte en traer mas de eso a tu vida automáticamente vas a evadir lo negativo.

Estarías escogiendo una LINEA DE TIEMPO diferente con estos sentimientos.

Pueden prevenir el contagiarse de ántrax o cualquier otra gripe o virus, permaneciendo en estos sentimientos positivos que mantiene un sistema inmune extraordinariamente fuerte.

Así que esta es una protección para lo que venga: Busca algo por lo cual estar alegre todos los días, cada hora si es posible, momento a momento, aunque sea unos pocos minutos. Esta es la más fácil y mejor de las protecciones que puedes tener.

 

Gregg Braden es el autor de The Isaiah Effect and Awakening to the Zero Point y Despertando al Punto Cero)




El Gran Mago

 

Semanas de guerra absurda, injusta y prepotente. Un revuelco más de la historia de siempre, el poderoso y el enmascaramiento de sus verdaderas motivaciones con la propaganda eterna: los malos están allá fuera.

El mundo está en un brete a partir de otra guerra injusta y desproporcionada. La mayoría de los analistas durante estas semanas de guerra y los meses prebélicos se han puesto de acuerdo en considerar el temible polvorín que significa Oriente Medio y la reacción en cadena de odio y actos terroristas que puede estallar a partir de la humillación al pueblo iraquí y por extensión al mundo árabe. No sólo es evidente el doble rasero que utiliza el gobierno norteamericano. Ha hecho la vista gorda ante el conflicto palestino-israelí en el que Israel ha incumplido innumerables veces las resoluciones de la ONU, mientras que se ha obsesionado con el régimen tiránico de Sadam Hussein vinculándole con el mantenimiento de lazos con el terrorismo internacional aunque no se han aportado pruebas de esta vinculación.

Los datos que han aportado estos analistas de política internacional han sido tantos y tan claros acerca de los intereses de EEUU que sobraría hablar más de ello. Todo suena a la misma música de toda la historia de la humanidad, los imperios y sus hegemonías, la expansión de sus valores, la explotación de los recursos, las campañas ideológicas para justificar sus actos y un largo etcétera. La diferencia con el actual imperio americano es que nunca en la historia un país tuvo tanto poder militar, económico y cultural, nunca dispuso un país con tantos recursos y medios, nunca en la historia los gobiernos tuvieron la posibilidad de destruir toda la humanidad no una vez sino muchas veces. Así que creo decir que estamos viviendo unos momentos históricos críticos a muchos niveles.

De esta guerra que es una guerra por petróleo, por intereses estratégicos, por negocio en la reconstrucción de un Iraq destruido, etc, etc, sólo hay una cosa rescatable y es la reacción mundial ante esta guerra ilegal que ha dejado la ONU relegada a un papel meramente de ayuda humanitaria. Millones y millones de personas han dicho, como nunca en la historia, NO a la guerra, no a el sacrificio de vidas inocentes, no al saqueo de Iraq, no a nuevos sacrificios de la población iraquí que se han prologando más de una década.

Pero mi interés no es hablar una vez más de la guerra sino intentar rescatar alguna enseñanza de ello, alguna sabiduría que se nos escape, algo que nos aclare el presente y que nos sirva para no volver a caer en lo mismo más adelante.

Pues bien, por un momento pensé en Jung y en las cuatro funciones psíquicas de las que hablaba y del camino de individuación que uno tiene que hacer para realizarse. Pensé en que el abordaje a un tema no debierá ser siempre el mental, ni siquiera el emocional, y me propuse el intuitivo. Como la intuición es una función elevada de la psique humana que requiere cultivo y sensibilidad que quizá, yo no tengo desarrollada, recorrí al simbolismo y cogí una carta del Tarot con la pregunta sobre el tema de la guerra, y me dije, ¿qué podemos aprender de todo ello?. La carta que salió fue el Mago. Perdonen esta incursión en un medio que para muchos quizá les resulte gratuita, o algo peor.

El Mago en un aspecto general del símbolo, significa la creación de una personalidad para funcionar en el mundo. Ese carácter que llevamos implantado en nuestra propia piel, introyectado en nuestra psique se hace a golpe de magia. Con los elementos básicos, el papá, la mamá, la escuela y la sociedad uno recorta sus experiencias y se las pega en forma de collage haciendo un traje a medida. Al monigote que nos sale le llamamos autoexpresión o personalidad, y lo adornamos con las pegatinas de nuestros fans o ídolos.

Sea como sea, el Mago nos recuerda que es preciso soñar, y que hay que decir en voz alta YO QUIERO, yo quiero ser tal y tal. Después vendrán las rebajas porque en la dinámica del deseo lo importante es aquello que realmente se consuma, lo que se hace verdaderamente carne. Eso ya lo veremos.

El Mago nos recuerda que en el acto de vivir tenemos una chistera donde habitan todas las posibilidades que nuestra imaginación pudiera considerar. Esto se representa en el sombrero que posee una forma de infinito. Infinitas son las posibilidades de ser y cada uno debe encontrar la suya. Aunque también nos recuerda que en ese acto de ser, de búsqueda de nuestra forma (llámese yo, ego o carácter) hay que pagar un precio, el precio de la transformación.

La alquimia de todo buen mago debería consistir en transformar el plomo en oro, es decir, con respecto a nuestra personalidad, convertir el monigote hecho de recortes extraídos de aquello que nos daba seguridad, poder o brillo, convertirlo en un ser animado, con alma. Y esto requiere toda una vida, tras recorrer innumerables senderos, y superar insidiosos obstáculos. Tal vez por ello, el Mago, está al inicio del camino y todavía faltan veinte arcanos por recorrer.

Es cierto que cada etapa del camino representa la culminación de la etapa anterior, y a la vez, la resistencia a la siguiente. Cada arcano nos previene de quedarnos complacientes en esa etapa y nos invita a dar un paso más, a recorrer un recodo nuevo del camino. El Mago nos dice que hay una magia blanca que es la de rehacerse a sí mismo en esta experiencia vital y lograr el redescubriendo del alma, eso que es más esencial en cada uno de nosotros. Pero también nos previene de la magia negra, que consiste en hacer el truco facilón, en dar un golpe de efecto que satisfaga a nuestro pretencioso ego pero que no deje rastro de aquella transformación. Hasta para hacer magia negra hay que ser astuto, el prestidigitador mueve con velocidad las manos, el truhán mira hacia un lado mientras por el otro hace trampas. El vendedor de sueños se asoma al precipicio de tus inseguridades y te susurra al oído, confía en mí, yo te daré poder.

Pues bien, ¿y qué tiene que ver esta carta cogida al azar (que nosotros llamamos sincronicidad) con la situación mundial?. De la misma manera que el adolescente teje con los elementos que tiene a su alcance su personalidad, la humanidad, en su concepción global, percibida más allá de lo estrictamente tribal o nacional, se halla en una etapa inmadura. Los Derechos Humanos apenas han salido del papel donde fueron escritos. La democracia es un asunto formal pero no real, siguen siendo los poderes fácticos los que mueven los hilos. Son las grandes corporaciones industriales, los grandes bancos, la empresa farmacéutica, la armamentística, los grupos de presión los que imponen sus criterios. La basura informativa a la que estamos abocados es una mera cortina de humo, un atontamiento colectivo, migajas de placer para las clases populares. Lo que realmente importa, la noticias relevante, las decisiones que cambiarán el mundo se hacen a escondidas. Siempre ha sido evidente.

Pero en estos momentos creo que se ha producido un cierto despertar. La gran mayoría de la población mundial ha salido a la calle porque se le ha visto” el truco” al Gran Mago. Detrás de la estatua de la libertad como detrás de los grandes discursos para “liberar” un país, un territorio o una población hay lo que hay, interés puro y duro. Y esto no se nos olvidará nunca más.

Es posible que la salida de la inocencia (la superación de la “adolescencia”) sea dolorosa. Adquirir una conciencia histórica ecuánime, escuchar al político con ojos críticos, votar a un programa y no a una imagen edulcorada que promete seguridad y pleno empleo, crear estructuras de seguimiento, implicarse en lo social, pedir cuentas, es complejo, pero es necesario. ¿Cómo es posible que un Bush por no hablar de otros lideres europeos, hayan sido elegidos con un discurso infantil que pretende arreglar el mundo a golpe de puñetazos y bombazos?

Temo más la respuesta que la pregunta que hago, temo que la respuesta es que estemos enfermos de miedo, un miedo que se utiliza porque es rentable para el poderoso. Temo que la respuesta sea que tenemos problemas con el poder, es decir, con nuestro instinto, con nuestro deseo, con nuestra satisfacción, y necesitemos de una figura fuerte, aunque grotesca para que podamos dormir tranquilos. Hasta mi abuelo hubiera entendido que unos políticos que están en el poder con intereses en las industrias petroleras, o que tiene en sus manos los medios de comunicación de medio país, o como el virrey de Iraq, ex general con industria balística, la misma que se ha cargado todo un país, no puede ser cosa buena.

Alguien nos ha hecho creer que no tenemos poder, y sí lo tenemos. No lo tenemos cuando nos callamos, cuando votamos (o dejamos de votar) con indiferencia, cuando alimentamos con nuestro consumo multinacionales sospechosas, cuando no hacemos el esfuerzo de discriminar sobre la información dada, cuando decimos “es que todos son iguales”. Pero, claro está, lo podemos recuperar.

El Mago del Tarot nos dice que no dejemos de soñar, que la imaginación tiene gran alcance, que innumerables veces la historia se ha superado a sí misma por encima de todo pronóstico. Nos dice también que ante la magia negra, existe la magia blanca, y que la verdadera transformación empieza por uno mismo, y sigue adelante porque el siglo XXI, lo vaticinaba poco antes de morir André Malraux, será religioso o no será.

Julián Peragón




La irrupción de lo femenino

 

Este artículo lo dedicamos a lo femenino porque es evidente que los tiempos hace ya mucho que están cambiando y la Nueva Era tan esperada parece que viene de la mano de estos valores, sentidos como más integradores, más íntimos y más amorosos. Sin querer caer en estereotipos, la Vieja Era patriarcal parece abocada a un callejón sin salida. Aquella estrategia de conquista y triunfo, de competitividad y crecimiento ilimitado ya no da más de sí en medio de guerras intestinas alrededor del orbe, miseria y hambrunas generalizadas, superpoblación descontrolada, recursos escasos de materias primas, y desastres tras desastre ecológico. Todos estamos diciendo ¡Basta!. A estas alturas, dentro del tercer milenio, nadie discutiría históricamente el paso evolutivo que va del mito al logos, el desarrollo de la razón, de la mente lógica y especulitiva, el ingenio del hombre y su apuesta tecnológica, pero cuando la razón se desconecta de su anclaje que es el corazón produce engendros absurdos que pueden poner en peligro –tal como lo estamos viviendo– la totalidad de la vida y el mismo sentido de la humanidad.

Lo femenino nos reclama a hombres y mujeres aunque es ésta la que está tomando la delantera ya que no tiene nada que perder en el cambio. Ella es, según estudios sociológicos, la que más estudia, la que más viaja, la que más asiste a espacios de crecimiento. Ella es la que asiste con fuerza al mundo público sin abandonar su papel tradicional en el hogar aunque ello conlleve a menudo una esquizofrenia y una rebeldía ante la gran carga que tiene que llevar. No obstante, aunque la liberalización de la mujer en estos momentos no tiene parangón en la historia no olvidemos que los riesgos no son despreciables: la ingenería genética en la fecundación que pretende controlar la propia selección natural; los mismos controles indiscriminados de natalidad; el paro masivo que se ceba en la mujer cuando los tiempos son de crisis; el alejamiento en el ámbito de la educación de sus hijos; la presión sobre su comportamiento y sobre su estética como mujer objeto, y un largo etcétera.

La mujer, al igual que el hombre al mirarse en ella, tiene que recuperar una imagen más completa de ella misma. Para ello tiene que desenmascarar a la historia que la ha dejado a un lado y encontrar aquellos otros tiempos cuando ella era la detentadora del poder más alto, el de comunicarse con lo espiritual, el de bendecir las siembras, los nacimientos, la despedida de los muertos y las ofrendas en el amor. Era la sacerdotisa y su poder era evidente porque daba a luz cuando los dioses se comunicaban con ella. Todo cambió cuando otros pueblos más bárbaros del norte vinieron a revolucionar el Olimpo y a relegar a la Diosa Blanca a una mera consorte y sierva de un primerizo y arrogante dios. Ella no obstante fue víctima de los nuevos tiempos pero también cómplice, y delegó cansada todo el control del universo a su esposo y padre celeste, pero conservó bajo su dominio el viento, el destino y la muerte, cosas en las que no atina la lógica del hombre.

En esa espera, las estrategias de dominación del hombre sobre la mujer fueron múltiples, la mujer tuvo que irse a la casa del marido en su casamiento perdiendo la seguridad de su familia; estuvo controlada –cuando no mutilada–sexualmente; sus hijos perdieron el apellido materno; perdió la voz, la decisión, la libertad y el contacto con otras mujeres posibles de solidaridad. El hombre, siempre temeroso, dividió al mundo en bueno y malo, y puso lo brillante, la palabra, la ley, la razón de su lado y dejó a la mujer el cuerpo pecaminoso, las corazonadas y las habladurías, las intuiciones misteriosas. En ese abismo creado toda mujer sabia, curandera fue tratada de hechicera en comunión con el diablo, y hasta en los concilios le fue negada el alma.

La mujer olvidó por pura supervivencia y se adaptó como bien sabe hacerlo, aunque las nanas y los cuentos que relataba a sus hijos permanecieran los mensajes donde el pequeño batía al gigante, el débil engañaba al poderoso malvado, y el marginado/a se alzaba con el amor del principe o princesa. Mensajes de vida que anteponían a la cultura de muerte, de guerra, de jerarquía y orden estricto social.

A la mujer no le quedó más remedio que ser la vírgen, la madre o la puta cuando no se retiraba del mundo como monja, y el hombre se vivió en cuanto a ella como protector, tutor y controlador temeroso de que sus hijos no fueran suyos, y de que sus secretos se divulgaran, y que su imagen íntima lo delatara, y de que sus decisiones y conocimiento fueran rebatidos, o temor a mostrar su dependencia afectiva, y tantas y tantas cosas que da miedo reconocer. Ahora la mujer ha madurado y el hombre tendrá que hacerlo con ella pues formamos partes de un todo indisociable. El excesivo celo del hombre en cuanto a la mujer no es más que la muestra de lo tremendamente importante que es para él, y también de su envidia de dar vida o quizás de su belleza, aunque éste, muy astuto, lo haya disfrazado proyectando en ella la «envidia de pene».

Sexismo y racismo necesariamente van de la mano pues son lo que son, estrategias depuradas de dominación. Lo que pasa es que el hombre se olvidó que con la dominación y control de todo lo que sentía extraño se quedaría solo en un universo donde el misterio le daba la espalda. No es extraño que nosotros los hombres también deseemos el cambio y aceptemos, aunque a regañadientes, el retorno de la diosa.

Con todo, decíamos que los tiempos han cambiado y ahora lo femenino ya no puede ser confiscado por nadie pues pertenece a la vida, y el mismo mito de la Era de Acuario habla de integración de los valores femeninos y masculinos tanto en el hombre como en la mujer, hacia un modelo de persona más autónomo y solidario con el otro, con los otros, en definitiva con la diferencia. El futuro está en la androginia, no como la pérdida de la diferencia en un ser amorfo sino como la aceptación de que el dar y el recibir, el desear y el ser deseado, el decir y el escuchar, forman parte intrínsecamente de uno y de una. Tenemos mucho que descubrir.

Julián Peragón

 

 

 




Ciencia y Tradición

 

Hay momentos en que lo nuevo irrumpe con fuerza, aunque inocente, es una fuerza que se nutre a sí misma al adaptarse a su propio momento de crecimiento como el brote tierno de una flor en primavera rompe la capa dura y gris del invierno.

Todos necesitamos de estos momentos de renovación, momentos en los que se renueva el tiempo, se zanjan las cuentas con el pasado y se echan a volar los deseos futuros. Como nos decía Mircia Eliade, las sociedades tradicionales siempre se han protegido del peso de la historia, de la dimensión lineal del tiempo, y han necesitado recurrir periódicamente a la abolición de aquél mediante rituales de transformación y catarsis, en la necesidad de conectar con el origen de los tiempos y volver a reproducir los mismos gestos arquetípicos, las mismas hazañas de sus héroes, el mismo diálogo con los dioses. Apropiarse, tal vez, de esa sensación nueva que hace que el mismo cielo de todos los días sea diferente, y de una mirada limpia, libre de todos los rencores y todos los viejos hábitos que nos ciegan.

Pero nosotros tenemos muy presente el tiempo, nuestra vivencia del tiempo va muy deprisa y ya hemos puesto el ojo en el 2000, en el privilegio de empezar un nuevo milenio. Sufrimos un acelerón sin precedentes, no sabemos si corremos tras el progreso, científico y aséptico, tecnológico y brillante, o corremos huyendo del vacío, de la crisis, del sin sentido que produce ese mismo progreso. Estamos atrapados en el futuro si creemos que la salvación residirá en un paraíso tecnológico perfectamente controlado. Vencer las enfermedades, el dolor o la muerte; estar seguros, calentitos y ahítos de comida; ver imágenes dulces y tener un ocio variado. ¿Será este nuestro paraíso?.

Pero el tiempo como la vida es cíclico, tiene mareas altas y bajas, eclipses y destellos. Por eso en la dimensión cíclica y global del tiempo que nombrábamos antes, cada momento está profundamente interconectado con el Todo, pasado y futuro se funden en el aquí y ahora puesto que el presente es lo único eterno que existe.

No importa que descubramos maravillas del Universo, que tengamos máquinas inteligentes y sepamos los códigos secretos de la naturaleza y de nuestros genes. Nada de esto tiene importancia sino descubrimos ante todo el peculiar sentido que tiene la vida para nosotros.

Si el reloj nos quita la sensibilidad del tiempo, el ordenador la capacidad de pensar, si el confort atrofia nuestra motricidad y nuestra expresión, si la tecnologfa nos evita percibir lo simple de la vida, entonces hemos fracasado. Pero si todo ello nos invita a aumentar nuestra sensibilidad y nuestras ganas de vivir, entonces, ¡bienvenido!.

El futuro no es más que la mera construcción de nuestra esperanza y el paraíso, seguro que no nos esperará en la vuelta de la esquina. Ya están sucediendo infinitas cosas significativas en este momento como para no rechazar el presente. Ser consecuente con el aquí y ahora, sin asustarse, sin pedir milagros, sin perder ilusiones, sin desánimos.

Es por eso que queremos rescatar la dimensión profunda de la vida, la visión espiritual del ser humano, sabiendo que el tercer milenio nos empuja a seguir mejorando pero con la condición de vivirlo en este preciso momento.

En este sentido la Tradición no es algo desfasado que hacían nuestros antepasados, aquellos sabios que se retiraban de la sociedad, aquellos alquimistas que buscaban convertir el plomo en oro o aquellos eruditos que leían la letra pequeña de las Sagradas Escrituras. No, la Tradición siempre fue clara aunque su medio de expresión (y protección) fuera a menudo esotérico. La fuerza de la vida y de la creatividad está en el momento presente, no hay nada fuera de él. Habrá que sentarse en alguna postura especial largo tiempo, habrá que peregrinar por todos los caminos, habrá que retirarse durante años en silencio, habrá, tal vez, que penetrar en el poder de la magia o danzar como sólo lo sabe hacer el viento. No importa el camino o la estrategia escogida, lo importante es el tesoro que tenemos instante a instante y que, el hábito del pasado o la especulación del futuro nos hace perder.

Si la Tradición fuera algo viejo nunca llegaría a nuestras manos, si ha pervivido por los siglos de los siglos es porque es tremendamente nueva, se adapta a cada momento, recoge la fuerza de lo emergente y se viste con las mil caras de lo impermanente. De hecho, la Tradición no tiene rostro, es como la define Lao Tse cuando dice que “el Tao que puede ser nombrado no es el verdadero Tao”. Así, la verdadera Tradición no es la que se deja atrapar por dogmas y creencias, por rituales y disciplinas, viene de lo invisible y no tiene voz. Sabe que su poder reside en la fuerza renovadora del presente.

Julián Peragón

 

 

 




Please! no violencia

 

Un rayo cayó de las alturas, gigantes de cristal se hicieron añicos, torres de Babel cayeron calcinadas sembrando caos, confusión y muerte. Un martes fatídico donde el mundo se puso patas arriba, una mañana de humo que ennegreció repentinamente el día. Desde la distancia, ficción y realidad se daban de la mano, el espejismo de muerte nos decía que los aviones eran en realidad enormes bombas y que los pilotos no eran personas sino ideas enquistadas de rencor y fanatismo. La realidad o la ficción nos dijo que el poderoso tenía los pies de barro, que en la lucha desigual los cuchillos de plástico vencerían a los escudos antimisiles, y unos pocos pobres iluminados se harían inmortales, mártires de una guerra santa.

El imperio se tambaleó, el corazón financiero, militar y político del mundo se colapsó y la primera herida narcisista hizo mella en el orgullo adolescente de un país invencible. La primera reacción esperada fue de pánico, paranoia, hipercontrol, la segunda de patriotismo y satanización. La humareda del cataclismo impide ver claro a todos. La tentación de la superpotencia es la de vengarse pero sin saber exactamente de quién y dónde, con la dificultad añadida de delimitar con precisión la frontera (de cara al castigo) entre el gran enemigo y sus secuaces, los fanáticos y los simpatizantes de los que comparten una misma religión, cultura o creencia.

La estampa es bien curiosa, todos los misiles inteligentes del mundo apuntando a campos de entrenamiento vacíos en medio del desierto, toda la flota de los siete mares acercándose a un país de seres hambrientos y oprimidos, todo el espionaje del mundo conspirando contra un terrorista, un sólo terrorista y sus compinches perdidos en las montañas. ¿Es ficción o es realidad?, nos frotamos los ojos. Después de la venganza, ¿habrá un mundo mejor, más solidario?. Si hacemos una breve revisión histórica, la respuesta es clara.

Todos hemos llorado amargamente por los miles de muertos, por las víctimas inocentes, por el mismo acto inhumano, execrable de la brutal violencia. Nadie ha quedado impasible ante el horror y la barbarie, nadie puede quedar insensible ante semejante drama humano. Sin embargo, más allá de este drama, las torres y los aviones colisionando no son más que dos mundos antagónicos que se ignoran amargamente. Eterno dilema entre modernidad y tradición, entre globalidad y localismo, esencialmente entre opulencia y miseria. A un lado colonialismo, al otro tribalismo, aquí prepotencia, allá integrismo. Dos mundos, sin duda, llamados a colisionar.

Las consecuencias se han hecho patentes a la mañana siguiente; todos los que han vivido al amparo del paraguas protector del imperio americano tuvieron que despertar. Ya no será posible vivir más en un mundo plano, ya no se sostendrá la inocencia ante un mundo multipolar, complejo, enrarecido en su historia, perverso en su política, desigual en los recursos. No va a ser tan fácil legitimar las batallas de los buenos contra los malos sin llegar a preguntarse ¿por qué?. La retórica ingenuamente perversa del presidente Bush con expresiones como “cruzada del bien contra el mal” suena a película de vaqueros y nos hace preguntarnos, ¡dios mío, en manos de quién está el mundo!

Desde ahora hay que cuestionarse si nuestro sistema democrático es realmente democrático, hay que preguntarse si la hegemonía de un país vela por el bienestar del mundo o tan sólo por sus propios intereses y los de los aliados, hay que reflexionar acerca de las consecuencias de las injusticias en todo el mundo que amenazan, como se ha visto, por llevar a un callejón sin salida lo poco que tiene este mundo de civilizado.

Evidentemente hay que atajar cualquier fundamentalismo allí donde lo hubiere, pero también hay que cuestionar nuestro propio fundamentalismo, económico, cultural o político que impone nuestras formas a otros, que desequilibra formas tradicionales o sistemas autóctonos, que agranda la brecha entre ricos y pobres.

El primer síntoma de este fundamentalismo es el de confundir terrorista con una religión o con unas creencias. Poner a todos en el mismo saco y señalar como culpable al islam y a todos los árabes, hablar de choque de civilizaciones. Por extensión cabe la tentación de pensar que todo lo religioso huele a fundamentalismo y confundir iglesias y doctrinas con las personas que buscan una fe y una creencia.

Y es curioso que religión venga del vocablo latino religare que significa religarse, establecer contacto con lo más alto, con lo que cada persona entiende por trascendente. En la medida que el corazón de cada uno se hace religioso, uno deja de estar aislado pues se siente partícipe de todo lo que le rodea, de la misma creación. Inmerso en el misterio el religioso, el místico se vuelve pacífico, no tanto porque pretenda seguir unas creencias o porque quiera sentirse moralmente bueno sino porque su mirada va más allá de la dualidad y ve la unidad en la multiplicidad.

Sea cristiano, musulmán o budista, la persona sólidamente religiosa sabe que su doctrina sólo es un ropaje, una opción, una determinada óptica para llegar a lo mismo, y su sabiduría le lleva a no discutir, aún menos a odiar al otro por su diferencia.

En el hinduísmo se habla de ahimsa, no dañar. Tratar de no ser violento no es sólo porque sea una de las primeras leyes sagradas sino porque al dañar a un otro nos dañamos simultáneamente a nosotros mismos. Hay un alma entrelazada con todos los seres, que no diferencia entre yo y tú, que se duele y se repliega en toda intolerancia.

Cultivar ahimsa no es meramente dejar de darle puñetazos al otro sino algo mucho más difícil, dejarle ser. Dejar que su otredad nos enriquezca, que su palabra nos resuene porque es en la verdadera comunicación donde hay la única posibilidad de fraternidad con el otro y de crecimiento conjunto.

Ahimsa es regar todo lo que tiende a una vida digna y alimentar las múltiples posibilidades de creatividad hacia un mundo más justo y solidario. Pero me temo que las explosiones tenebrosas que se han producido en Nueva York y Washington no vayan a destapar los oídos sordos de unos y otros para empezar a dialogar que sería lo más prudente antes de castigar a los culpables. La maquinaria bélica está al servicio de una prepotencia que quiere demostrar su poderío y que busca siempre un enemigo, tantas veces sobredimensionado, para justificar un estado policial, un control interesado del mundo, una sumisión incondicional al resto del orbe que en el fondo suena a neurótica. Pero esto no puede funcionar porque a nadie le gusta ser comparsa ni acatar órdenes.

Ghandi decía que si seguimos el ojo por ojo de la ley del Talión, el mundo se quedará ciego. Sordo y ciego el mundo no puede más que estar en crisis.

El mundo se ha parado tras la catástrofe, pues era necesario, sin embargo, tras la masacre de miles de indígenas en las selvas centroamericanas y sudamericanas apenas se ha publicado letra menuda en algunos diarios. En cientos de guerras intestinas que tienen en jaque a media humanidad, silencio y discreción ante las empresas armamentísticas que son fundamentalmente occidentales y que alimentan esos odios tribales. Ante un África infectada de sida, tolerancia ante los precios abusivos de las empresas farmacéuticas que no quieren perder su negocio. ¿Acaso esto no es violencia?.

Desde las grandes alturas de los rascacielos como desde los grandes proyectos de los poderosos, las personas somos como hormiguitas, números y tantos por ciento. Cuanto más alto es una torre o más grande es el poder de una nación, más grande será su sombra. La paradoja es ésta: los grandes enemigos del sistema, las bestias negras como han sido Pinochet, Noriega, Hussein o bin Laden, entre otros, han sido los alumnos aventajados alimentados por la CIA que se han vuelto rebeldes ante una política norteamericana que ha preferido estabilidad en la zona, manteniendo regimenes medievales, dictadores asesinos por miedo a perder poder, intereses estratégicos o invasiones comunistas.

Creo que todos hemos de aprender mucho de lo que ha sucedido, mientras tanto no se me ocurre mejor idea que meditar cada día por la paz ni más solución que la de madurar reflexionando sobre las injusticias que son las verdaderas semillas de la violencia.

Julián Peragón

 

 




Miedo

 

 

Recuerdo que en la universidad nos enseñaban a analizar sociedades simples cazadoras recolectoras, grupos de 80 ó 100 individuos en su medio selvático. Medida ideal para poder ver con mayor claridad la imbricación de las estrategias de supervivencia con la magia, los lazos de parentesco, la adoración a los antepasados, los rituales propiciatorios, etc; todo, creíamos ver entonces, era una amalgama indisociable, cada grupo era una efervescencia única e irrepetible, una articulación de lo humano con lo natural y con lo social extraordinaria en su pervivencia durante el tiempo. Aunque ahora sean culturas sin tiempo, con rumbo a ninguna parte.

Aquella “regla” para medir culturas tradicionales se nos ha quedado infinitamente pequeña hoy en día donde las fronteras externas entre países y continentes se han disuelto, donde las redes de comunicación son casi instantáneas y la economía se ha globalizado. Sin embargo, a las puertas del milenio, cuando la democracia y los derechos humanos han llenado muchos libros y han firmado en muchas declaraciones oficiales, nos encontramos que la realidad se parece a una caseta de feria donde lo milagroso convive con lo espectacular y la mejor tecnología está en manos del nomadismo y del gran pillaje de todos los tiempos. Cerca del tercer milenio coexisten como en un espejismo del tiempo la aceleración de las altas partículas atómicas con la mafia, la biotecnología con el fanatismo religioso y las incursiones espaciales a otros planetas con la guerra de guerrillas intestina en el tercer mundo.

Lo decía no hace mucho Jean Ziegler, sociólogo y diputado suizo, que “no hay diferencia entre el capitalismo monopolista y la Mafia”. Lo dice un suizo que habla de la hipocresía de la banca suiza que aceptó el oro nazi, que no le importa que un dictador como Mobuti o Marcos expolie a su pueblo y abra cuentas archimillonarias en la tranquila Suiza. No importa las penurias de Centroamérica, el dinero blanqueado de los narcos es mucho más importante. Son los mismos banqueros que aconsejan lavar el dinero negro a través de algún paraíso fiscal, abriendo una sociedad en Caimán, cambiando los dólares a yenes y de yenes a marcos, y cuando la colada ya está suficientemente blanca, el país más seguro del mundo lo acogerá sin problemas de conciencia.

El negocio es el negocio, y no importa que el cartel de Cali o el cartel de la droga de Tijuana en México tengan métodos de extorsión brutales, porque el poder y el enriquecimiento no tiene más ideología que su crecimiento. Así, otras mafias como la renovada mafia neoyorkina han abierto nuevas líneas de negocio fraudulento en seguros médicos, con tarjetas de crédito y hasta la manipulación de valores en Bolsa. Los grandes empresarios de hoy en día son la Cosa Nostra, La Yakuza japonesa, las Tríadas chinas, las Mafiyas rusas, los traficantes turcos, los carteres colombianos, la mafia norteamericana, pues el volumen de recaudación a través de la droga, la prostitución, sea infantil o adulta, el tráfico de armas sobre todo en la antigua URSS, el contrabando de inmigrantes ilegales, la venta de órganos humanos, etc, etc, es tan enorme que éste crimen organizado compra políticos, acalla conciencias, silencia bancos, elimina competencias limpiamente, sin burocracia, con los mejores pistoleros adiestrados en el ejército, los mejores abogados y economista educados en las prestigiosas universidades.

Nosotros, apoltronados en nuestro sillón, respirando en uno de los países donde tenemos una mayor calidad de vida, a pesar de todo, no nos damos cuenta que este “barco” va a la deriva. La caja tonta de la televisión nos entretiene del tedio dando una sensación de normalidad falsa, los telediarios, ininteligibles, son borbotones de sucesos escupidos en el mismo tono que nacen de la nada y desaparecen sin dejar apenas un rastro de lástima o incredulidad pues no se cuentan las raíces del suceso ni las consecuencias más globales. Más pareciera una arenga moderna que nos adoctrinara que a grandes males del mundo más vale que conservemos el estado precario de las cosas, los intereses creados, sin mover un dedo.

Sabemos de refilón que el trabajo infantil es generalizado, que 250 millones de niños y niñas hacen trabajos de adultos con mayor rapidez, cobrando mucho menos o en régimen casi esclavista, sin seguros, sin reivindicaciones. Niños que se han saltado su infancia, el juego, la inocencia y que cuando sean adultos serán como la fruta verde que cogida a destiempo pierde su aroma y su sabor. Niñas que en centroáfrica están ligadas como esclavas sexuales a los sacerdotes tribales, niñas en todo el mundo musulmán que sufren el salvaje rito de la ablación, niñas también en el sureste asiático que satisfacen la voracidad del turismo sexual que viene en impecables aviones desde el primer mundo. Niños que en sudámerica hacen de sicarios matando por pocos dólares a cualquiera, o que viven desarraigados entre el pillaje y los escombros. Niños, no tan lejos, de mofletes sonrosados que en la propia familia sienten los abusos sexuales de los adultos, o la tortura psicológica más tremenda y que no saben como expresar su horror más que con la patología o la culpa.

Algo grave debe estar pasando cuando en el centro del imperio, en el estado de Luisiana se ha aprobado una ley para hacer imposible el divorcio. Cuando las estadísticas dicen que uno de cada tres matrimonios se divorcian, la gran sabiduría del ser humano va y establece un matrimonio blindado como si eliminando el síntoma, las parejas fueran a seguir viviendo felices. Imperio americano que el 51 % de sus habitantes (sondeo de la empresa Luntz Reserch) no cree en la evolución de las especies y en cambio el 53% si cree que los extraterrestres han visitado la tierra en los últimos 100 años. Que el 77 % cree en el infierno y el 86 % en el cielo, que hay vida después de la muerte (75%) y que la tierra se creó en 7 días (60%). Datos significativos para creer por un lado que la manipulación ideológica es totalmente efectiva, y por otro, que la educación ha fracasado en hacer individuos con una capacidad de pensar y decidir.

El otro día encontré en el metro un anónimo que sentenciaba que si no eres parte de la solución, eres parte del problema. Y esto es el mayor drama, que no estamos cultivados para entender que los males del mundo también son, en mayor o menor medida, problemas nuestros, problemas con nuestros instintos, con nuestra conciencia, con nuestra intolerancia.

La bomba de la explosión demográfica, el peligro nuclear, la crisis ecológica, las hambrunas, las epidemias, el terrorismo de estado o revolucionario, el crimen organizado, las corrupciones políticas, la explotación laboral, la extrema pobreza y un largo etcétera son más fáciles de erradicar que aquello más invisible, que se oculta detrás de pseudoverdades y que es la ignorancia.

Detrás de todos los fanatismos religiosos (véase los más de 100.000 muertes y torturas en Argelia), de toda la intolerancia, xenofobia y racismo que va en auge en nuestros países, de la violencia silenciada que sufren mujeres y niños en todo el mundo. Detrás de la pasividad ante la injusticia sea laboral o social se esconde el monstruo del miedo. Miedo al cambio, miedo al otro, miedo a la diferencia, miedo a la muerte, a la soledad, a la nada, a la penuria, hasta miedo a uno mismo y a nuestra felicidad. Miedo a un nuevo amanecer que se anuncia en las primeras luces del alba.

Julián Peragón

 

 

 




Ser uno y trino

 

ALMA TRIPARTITA

Tal vez tenían razón Platón y Aristóteles cuando decían que el alma humana era tripartita, una parte sensible como las plantas, otra animada como en los animales, y una tercera inteligente propia de lo humano, o más cercana a lo divino. División sencilla que nos acercaba a una idea unitaria donde el alma humana debía englobar todos los estratos de la vida y eregirse en cúspide de la creación. Puede que fuera una manera de expresar que el hombre es una síntesis del universo y también que la división trinitaria de las cosas y los seres es el mínimo común denominador de la vida.

Es esta energía de vida que de una semilla y un trozo de tierra hace nacer una planta, o de macho y hembra engendrar un hijo. Así, el corazón del tres remite a este primer ciclo natural donde la tensión de los opuestos se resuelve en un tercero que los engloba y supera, tal como la síntesis sobrevuela entre la tesis y la antítesis.

Probablemente la primera mirada del ser humano se establece entre el cielo y la tierra, entre un arriba inmenso y un abajo más cercano, donde él se vive como puente, canal o mediador entre estos dos límites. Pero también, fuera de sí mismo, distingue tres mundos posibles, arriba el Cielo de los dioses y los ángeles, a ras de suelo el Mundo de los hombres y sus trifulcas, y bien abajo, el Infierno, un submundo tenebroso de diablos y monstruos de pesadilla. Al final, nos dijeron, la muerte todopoderosa sabrá llevar a unos a un mundo eterno de luz y a otros al también eterno mundo de sombras. Imágenes que en nuestra cultura occidental judeocristiana tanto han calado.

LA FECUNDIDAD DEL TRES

Sea en el espacio, arriba, aquí y abajo; sea en el tiempo, presente, pasado y futuro; o en la dinámica vital, nacimiento, vida y muerte, en la misma naturaleza de los cuerpos, sólido, líquido y gaseoso, éste esquema trinitario se vuelve muy poderoso. El número tres aporta una mayor armonía pues reproduce en su interior la dinámica de la unidad.

Creemos que esta dinámica ya la tenía en cuenta San Agustín, padre y pilar de la Iglesia Católica en la Edad Media, que aunque maniqueo en sus orígenes pues dividía el mundo entre bueno y malo, oscuro y luminoso, donde el ser humano debía batallar con su parte pecadora en pos de la divina, supo reconocer tres facetas en el camino del religioso cuando decía que teníamos que ir de fuera hacia dentro, y de dentro hacia arriba. Algo así como ir del Mundo hacia el Alma, y de ésta hacia Dios. Trascender el mundo donde reina el caos y el pecado y llegar a Dios, aunque él lo representaba a través de la iglesia para ir de la civitas terrena a la civitas Dei.

También encontramos un reflejo en la mitología pues la constelación de Sagitario representada por un centauro arquero nos sugiere la imagen del hombre completo, la triple naturaleza, una parte como animal, otra como humana y una última como anhelo divino representada por la tensión del arco y la flecha que apunta al mismo centro del universo, tal vez en busca de sentido y unidad. Cierto es que, en general, los centauros son reflejo de la naturaleza inferior, de la escisión del individuo entre lo instintivo y la razón, pero también nos recuerdan la posibilidad de sublimación, el tránsito imaginable de lo inconsciente a lo consciente.

Como decíamos, el ser humano refleja en su seno esta imagen tripartita donde el Mundo es a su cuerpo, su Alma se aviene a su mente y Dios es su misma espiritualidad. Cuerpo, mente y espíritu como las tres aristas que tiene nuestro ser. Concepciones del ser que habitualmente aceptamos.

 

PECHO, VIENTRE Y CABEZA

Cabría profundizar aún más en este esquema pues si arriba es como abajo en la tradición esotérica, y el microcosmos es un reflejo del macrocosmos, tenemos que inferir que la misma energía que se mueve en un plano afecta también a los planos sucesivos. Veamos por ejemplo nuestro cuerpo, tal como lo solíamos dividir en la escuela en cabeza, tronco y extremidades. Si continuamos con una extremidad cualquiera como el brazo, también lo dividíamos al mismo tiempo en tres: brazo, antebrazo y mano. La mano en carpo, metacarpo y dedos, y éstos en tres falanges. Es como si el cuerpo secretamente se estructurara arquetípicamente a través del tres, como también se divide en el dos, en el cinco, en el sietedos ojos, dos orejas, cinco dedos, cinco vértebras lumbares, siete, chackras, siete vértebras cervicales, nueve orificios, doce costillas, etc.

Si profundizamos en el tres, tenemos sólo tres áreas en el cuerpo, tres cavidades herméticas. El cráneo que envuelve el cerebro; espacio superprotegido y compacto. El pecho que rodea pulmones y corazón a través de las costillas semiflexibles; y por último el vientre, gran espacio que contiene las vísceras recogidas por músculos y fascias, con el soporte de la pelvis.

Tres espacios bien diferenciados pero que van más allá de sus órganos correspondientes. En nuestra cultura señalamos la cabeza cuando nos referimos a la mente, mente pensante. Nos golpeamos el pecho cuando decimos yo, orgullosos o ufanos, nos llevamos las manos al vientre cuando estamos satisfechos. Y en cierta manera, el vientre transforma alimentos gratificantes, lo mismo que el pecho elabora sentimientos, y la cabeza opera con los pensamientos, con lo más abstracto.

Nos volvemos a encontrar con el alma tripartita en sus tres vertientes, por un lado el vientre-cuerpo-mundo, en medio el pecho-mente- alma, y arriba, cabeza-espíritu-Dios. Si, por último, pudiéramos añadir las expresiones de cada área, creemos que la fuerza y el coraje son las expresiones del vientre, el amor la vocación del pecho y la sabiduría la orientación de la cabeza.

 

SOMOS UN TODO CONTINUUM

Ahora bien, si insistimos, sin más, en esta partición entraríamos en una paradoja insalvable pues hace mucho que estamos hablando de una globalidad, de un ser en perpétua interrelación con todo lo que existe.

Hace mucho que queremos salir de la fragmentación a la que nos somete la cultura cuando reprime al cuerpo por seguir sus instintos, o cuando se censura al individuo por seguir sus ideas.

Nos lo muestra el yoga milenario que habla profundamente de unión, de tomar conciencia del cuerpo, de conectar con el alma de las cosas, de sentir el dios que habita dormido en cada uno de nosotros. Nos lo recuerdan las religiones en su origen que hablan de la necesidad que tiene el ser humano de religarse con todo lo que existe, como el canto que hace San Francisco de Asís a todas las criaturas en alabanza a Dios, al hermano sol y la hermana luna, al viento, al agua y al fuego, a la madre tierra y a la hermana muerte de la cual ningún ser viviente puede escapar.

Y es el mismo objetivo de unión que se proponen en las terapias alternativas para hacer salir al individuo del pozo oscuro del alma que es la neurosis. Desconexión donde el cuerpo se niega o se pervierte, el alma se excede o se culpabiliza, y el espíritu insensible se fanatiza.

 

CUERPO, MENTE Y ESPÍRITU

Es curioso este maleable juego de opuestos. Tal vez sea así el juego eterno entre la luz y la sombra que se persiguen sin descanso. El mundo, con su misma naturaleza temporal, nos lleva a la fragmentación, a la multiplicidad, a los límites y a las fronteras mientras lo espiritual nos recoge en lo esencial, nos recuerda la unidad de la vida y nos redime de nuestras faltas. Uno grávido sumido en los cambios, en la caducidad; el otro, inefable, fiel a sí mismo.

También cuerpo y mente juegan al mismo juego pues uno es realidad tangible, de carne y hueso, con su límite de piel claro y doloroso que crece o envejece día a día, mientras que la mente se sueña ilimitada, con ideas tan poderosas que cambian la faz de la tierra. Y nos preguntamos a menudo si no serán ambos polos de un mismo proceso, cara y cruz de la misma moneda.

Hay quien dice que el cuerpo es el lugar del inconsciente que absorbe como esponja las tensiones más sutiles del alma. Durante años, en las lecturas corporales, hemos visto claramente que la historia precisa de cada individuo, su relación con el padre y con la madre, sus inseguridades y sus complejos están esculpidos a fuego en el cuerpo. Y hemos visto que el cuerpo es un símbolo viviente que asume todas las categorías que también alimentan nuestra mente. El desequilibrio entre derecha e izquierda pudiéra tener que ver con la desigualdad entre fuerza y sensibilidad, entre masculino y femenino, padre y madre. El desplazamiento del cuerpo hacia delante o hacia atrás podríamos relacionarlo con la orientación y la avidez en el futuro o el acatamiento del pasado, es decir, el desajuste entre acción y pasividad. Cuando encontramos desigualdad entre arriba y abajo en el cuerpo, pensamos que puede haber desequilibrio entre instinto y razón, entre lo social y lo íntimo. O cuando la respiración no es armónica podemos buscar en el tomar y el dar, así como en la inspiración-vida, o el abandono-muerte. O puede que no sea así pues el cuerpo-mente-espíritu tiene tantas posibilidades que sólo acertamos a leer algunos renglones.

Es impresionante descubrir cómo una parte del cuerpo expresa una edad diferente a otra, como cambia el color de la piel en un lado o en otro, las diferencias en el tono, la fuerza y la sensibilidad. Pero más curioso todavía es sentir al cuerpo como una memoria de pliegues, como una cristalización de actitudes. Datos suficientes para acogernos al Tantra y sentir la necesidad de volver sagrado el cuerpo pues en él reside la máxima potencialidad de cambio y de transformación.

Al otro lado, es cierto que la mente nos resulta laberíntica, pero podemos señalar también una parte consciente, que está en vigilia y que se da cuenta de las cosas, de otra parte subconsciente o inconsciente, que a veces forma parte de los sueños y que es, en relación a la primera, la parte enorme sumergida del iceberg de nuestra conciencia. Los sabios nos hablarán de una tercera mente, la mente plenamente consciente, o supraconsciente, diríamos meditativa, o en boca del chamán Don Juan Matus, es la mente que se encuentra en un estado acrecentado de consciencia, donde se perciben los hilos invisibles, aprovechando una imagen más poética, que tejen la interrelación del mundo.

Por último, el espíritu, por principio, es lo indivisible, así que hablar de la división de éste, de alguna manera, es un sacrilegio. No obstante, tendríamos que pedir ayuda a los iluminados y a los santos, y contrastar con ellos si hay de verdad estratificación como en las potestades de ángeles, si la iluminación pasa por diferentes mundos espirituales, si hay más de un cielo.

 

PURA ENERGÍA

Con todo, nos tendremos que acoger a la misma tradición cristiana cuando sentencia que Dios es uno y trino. También nosotros somos tres y simultáneamente somos uno, y esto es algo que la razón no entiende pero que el corazón bien sabe pues está acostumbrado a la complementariedad, a la síntesis de los opuestos, a ser dejando de ser cuando se ama mucho.

Sentimos que cuerpo, mente y espíritu son la misma cosa en diferente octava, son diferentes sedimentaciones de un mismo barro, forman parte de un mismo paisaje como cuando embelesados contemplamos la nube, el mar y la montaña nevada que en lo más recóndito son la misma cosa, agua pura. ¿Tendríamos que decir que también nosotros somos pura energía?.

 

Julián Peragón

Antropólogo,
Formador de profesores de Yoga,
Director de la revista Conciencia sin Fronteras,
Creador del proyecto Síntesis, cuerpo mente y espíritu.

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Ser anfibio

 

Cuando nacemos somos como un pequeño animal anfibio torpemente surgiendo de su medio acuoso que se le ha ido quedando pequeño y emerge con dolor a otro enormemente más grande y desconocido. Salimos de un oasis fusional para abocarnos, sin más armas que nuestra fragilidad, a un universo todavía caleidoscópico de pura sensación.

No sabemos todavía que se llama mundo ni que nos llamamos bebé, no sabemos de ninguna frontera. A ciegas sabemos de la fruición de nuestra boca por encontrar alimento hasta que la piel se vaya convirtiendo en esponja para absorber mimos, gestos y actitudes.

El paso del tiempo nos aclara las cosas, sus signos, sus metamorfosis, pero nuestro primerizo ego es puro impulso, llamarada de necesidades. Sin mediar diálogo nos van indicando sin pausa que lo espontáneo es inadecuado. El imperativo se impone como voz de mando, no toques, estate quieto, calla, siéntate, no molestes

Nos hablan de educación cuando de verdad son modelos de adoctrinamiento que caen como losas borrando las tempranas huellas de nuestro autodescubrimiento. Hay poco margen para el Ser que somos como poco tiempo para la escucha. El mundo, lo sabemos, empuja cruel, pragmático, uniformando, por el bien de todos, a todos.

Antes nos encerraban a los seis años, edad escolar, ahora con las mayores prisas nos guardan bien pequeños, cuando apenas afloran dos ferocidades de leche. Cantando nos enseñan las letras que luego se transformarán en deberes. Hay que saber mucho con ese vocabulario para dar y recibir órdenes, para comprender un mundo cada vez más hipercomplejo, dominar la terminología de nuestro gremio superespecializado. El lenguaje se convierte en el poder de mostrar pero simultáneamente en la habilidad de ocultar. Al final las ideas habrá que venderlas.

El lenguaje de la vida se parece al vuelo de un pájaro, al gateo de un felino, pero el lenguaje del hombre se infla en oposición a lo natural, en la certeza que la cultura y la naturaleza no tienen raíces comunes que las alimenten, en la prepotencia de que el hombre es superior al órden natural del cual nació. Visto que su mente es más poderosa que su cuerpo, y su palabra más certera que los mismos hechos.

Pero de aquel otro lenguaje anfibio y fusional que recorría las entrañas como ondas de una mayor sensibilidad y que comprendía como la luz súbita del rayo las corazonadas y las intuiciones, de ese protolenguaje sólo quedaron ecos, refugiado en las voces de los sueños, cuando nos entreteníamos ensimismados en cualquier insecto, cuando nos salía la heroicidad ante la menor trifulca infantil.

En esta confusión nos hallamos muchos que al mirar al fondo oscuro de nosotros mismos no vemos nada. Castrados en lo sutil sin la pericia de la introspección natural, nuestro interior aparece estéril o abominable, algo de lo que escapar o a lo que perseguir, y de hecho, para la sociedad es un cajón de sastre o la misma caja de Pandora.

Evidentemente es la sociedad que llevamos dentro, que está introyectada, pero que se huele en las estructuras políticas, religiosas y sociales, y que cuando se ha armado lo suficiente de recursos, cuando ha “madurado” en intenciones democráticas, y ha engrasado la máquina civilizadora nos encierra a los locos en el manicomio, a los ancianos inservibles nos pone en el asilo, a los criminales y revolucionarios nos clausura en la cárcel, a los enfermos en hospitales blancos. Hasta la memoria de los muertos olvidada en una esquela mortuoria y en un ataúd dentro de una tumba en el cementerio.

Orden ciego que quiere que en el mismo momento los hombres estemos en las fábricas, los niños en las escuelas y las mujeres en casa. Que en la vía pública se respire orden, limpieza y normalidad.

Esa normalidad que nadie sabe como es pero que parasita en el ojo crítico que teme la diferencia. Una normalidad que dictatorialmente encoge el alma de lo genuino que llevamos dentro y se empobrece de la riqueza que supone un otro diferente con quien dialogar, ¿podríamos decir amar?.

Exorcizados la muerte, la deformidad, la fealdad, la enfermedad, la misma espontaneidad y la locura, nos queda la salvaguarda de nuestros valores y pertenencias, del honor y los sempiternos tabúes, los intereses creados, los dioses sacralizados, la patria.

Y hay a quien le parece excesivo esto, cuando no se relaciona prosperidad con deuda del tercer mundo, especulación financiera con hambrunas, democracia formal con corrupciones político-militares consentidas por los países ricos. ¿Cómo no relacionar empresas armamentísticas con guerras fronterizas generalizadas?. ¡Tantas cosas! que la fragmentación de los medios y la saturación de la información no nos permiten asociar.

Diríamos que éste es uno de los problemas de la normalidad que no relaciona su impecable imagen con la sombra nefasta que proyecta.

P ero quién se acuerda de aquel animal anfibio que éramos. Desconfiando de nuestra interioridad creamos nuestro yo a retazos de imágenes magnificadas de nuestros ídolos, de las seguridades prometidas por nuestros tutores. A ese juego de luces y de reflejos de otros tantos reflejos lo llamamos ego. Y temerosos de la disolución de éste le pusimos lastre y contrafuertes, pues a respaldo de esta edificación nos sentimos engañosamente protegidos en la pretensión de tener el control sobre sí mismo.

En el sótano, humedo y enrarecido, el animal de aguas cristalinas olvidado, cuando no reprimido, se tornó deforme. Los bajos de la torre amurallada se convirtieron en laberinto y en sus entresijos la bestia rugió. Ese animalito que tentó tiernamente con su boca ansiosa de leche tibia clama venganza.

Una vez reconocido al impostor que con su ojo clarividente, cual faro cegador, deja en penumbras al resto, es propio que la otredad que nos habita reclame compulsivamente su lugar usurpado. Dicen que el ego se identifica con la función dominante y que la mente, reina de las visiones y las cosmologías, lo alimenta. El ego se corona lleno de ínfulas de grandiosidad creyéndose firme, estable y permanente.

¿Cómo es que polarizamos lo que somos y ponemos tantas fronteras entre el cuerpo y el alma, entre lo que soy y lo que debo ser?. ¿Por qué la personalidad se torna máscara olvidadiza de la globalidad que somos?.

Pensando que la vida es sólo vida, luz, vigilia, poder y reconocimiento, olvidamos que también es muerte, error, imperfección, angustia e inseguridad. Se cierne así el temor a la sombra, a lo informe, a la ambigüedad, al terrible vacío. Nos asusta el riesgo de dejar de ser, devenir en nada. Nos aterra que en el postrer momento, al perder las fuerzas, la muerte diga la última palabra cuestionadora sobre aquellas ruinas sobre las que edificamos nuestra efímera gloria.

Sabemos que en la noche la bestia acecha y las pesadillas encogen el corazón. También los equívocos y los actos fallidos nos hacen tambalear. Los golpes, sin más, de la vida dejan las heridas demasiado tiernas y el destino nos coge desprevenidos justo donde más nos duele. Tal vez esto clarifique por qué el ego se vuelve impermeable, por que se insensibiliza tanto.

Pero también el ego tiene sus guaridas. La personalidad hace referencia a la máscara; máscara que pretende amplificar eso que somos pues en el acto limpio de ser a veces nos quedamos en silencio, sin voz ni modos para expresar nuestra riqueza. Es por eso que nos asomamos al abismo hueco de la personalidad para que nuestro grito tenga eco. La personalidad nos haría personas si pudiéramos discriminar fácilmente la forma de la esencia. Pues la máscara debe caer tarde o temprano como caen las hojas de árboles caducos. Y es en nuestro otoño cuando la madurez del ser pierde la avidez externa y se reconforta en lo más íntimo.

También el carácter que es mitad carne y mitad espíritu, nos recuerda que tenemos muchas cosas grabadas con saliva y con sangre, fruto de nuestros condicionamientos. No obstante también se percibe un aroma que traemos del otro lado del mundo.

El problema aparecerá una vez más cuando nos encontremos con un ego sordo que cree que somos sólo eso, la impronta que deja la vida en nosotros. Que únicamente somos el cúmulo de instantes mal recordados sobre la percha de nuestras ilusiones, sin llegarnos a preguntar siquiera, ¿quiénes somos?, ¿quién realmente vive en nosotros?.

Tendríamos que dudar del carácter que no se reconoce en el destino que él mismo amasa con sus manos. O de la neurosis que nos vuelve sordos a nuestras propias motivaciones. Del yo que aliena obcecadamente todo lo ajeno. También habríamos de dudar de la personalidad que enmascara en tantos momentos lo interno. Personajes todos ellos de un mismo teatro de sombras.

Todo lo que no somos nos lleva al engaño que alimenta la raíz del sufrimiento. En cambio, para señalar lo que sí somos nos faltan palabras, nos falta incluso la certeza de la experiencia.

Si dijéramos, por cierto, que el ego no existe nos tomarían por locos; si nos preguntaran qué hay en el núcleo de uno mismo tendríamos que responder que nada. Que el si mismo es una permanente relación con el mundo, una red de redes tan acuosa como el agua, tan volátil como el viento, tan intensa como el fuego que quema. Y esa relación permanente se parece a la música que suena modulándose en cada estrofa o al danzarín que se mantiene en equilibrio mientras hay movimiento.

¿Y el ego?, el ego tiene su cometido, llevar el ritmo, ordenar las partituras, recordar los instantes precisos. Facilitar el trueque con el exterior y recordar, muy importante, que en esta música de la vida él no crea la melodía pero ayuda a que las condiciones sean adecuadas.

Los antiguos ya nos dijeron que el ser humano llega a este mundo dormido y que la única religión es la del despertar, como si la vigilia del alma fuera ese momento llamado satori, samadhi o iluminación, aunque sería mejor olvidar estas palabras, momento donde uno se descubre religado a todo lo que existe. Otra vez aparece el animal anfibio pero ahora que toda la inmensidad del mar por delante y con la libertad de emerger a la tierra digamos de realidades.

Nos dijeron que habíamos perdido el paraíso y que tras el fino barniz de civilización que respiramos se esconde un homo sapiens demens. Porque detrás de la afirmación en las razones más poderosas que han movido la historia se esconde un ser iracundo capaz de las torturas más horrendas, de masacres y genocidios. Es como si la barbarie y la intolerancia anidara en los fondos de la apisonadora que llamamos avance del progreso.

Ese loco que teme quedarse solo y que para sobrevivir elabora un mecanismo muy fino de adjudicación de la culpa, expoliando sus fantasmas fuera, ese loco tiene que volverse sabio.

Gran parte de lo que se ha llamado filosofía perenne se basa en cómo destronar a ese loco bravucón y engreído. Para ello tendrá que perder la inocencia pues así como la historia se ha reafirmado sobre la sangre de la conquista y la aniquilación de los otros, también nuestra biografía se teje sobre la aniquilación de lo sensible, la muerte del espíritu, tenida como necesaria para soportar el impacto atroz de la vida.

Perder la inocencia para recuperar la inocencia. Paradoja que encierra la verdad de nuestro niño interno. Y es que se trata de eso, conscientes de la fugacidad de la vida, de la presencia omnipotente de la muerte, la futilidad de nuestros sueños y la impotencia de nuestros actos, soltar una enorme y sonora carcajada.

 

 

Julián Peragón

Antropólogo,
Formador de profesores de Yoga,
Director de la revista Conciencia sin Fronteras,
Creador del proyecto Síntesis, cuerpo mente y espíritu.

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