Serie Global Madroño

Por Julián Peragón




Serie Yoga Asistido 3

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Serie Yoga Asistido 3

Por Elisabet Polonio




Sutras: concentración y meditación

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La meditación según los Yoga sûtras

Por Grazia Suffriti




Análisis postural: Navâsana

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Navâsana, la postura de la barca

Por Àlex Costa




Filosofía: AHIMSA

AHIMSA. No violencia / Bondad

Cuando la paz se ha instalado en nuestra actitud alejamos de nosotros toda hostilidad.

La primera de las cinco abstenciones. La raíz más profunda del árbol del Yoga.

Significa no-violencia y su positivo sería la Bondad.

Existe múltiples formas de violencia: desde la más tosca y burda (una pelea en la calle) hasta la más sutil (la desigualdad o la injusticia social).

Aunque Ahimsa sea el primer Yama, y los Yamas estén relacionados con una ética que nos ayude a funcionar con el resto del mundo, la no-violencia empieza en nosotras mismas. Si no lo aplicamos adentro, difícilmente lo podremos aplicar afuera.

El patrón de la violencia es el miedo. Miedo a lo desconocido, a lo diferente, miedo a la vida. Reconocer esté patrón de miedo es el primer paso para indagar en nuestra realidad.

Ser consciente que toda la violencia hacia el otro es también violencia hacia ti misma.

No basta con no dañar, debemos pasar a la acción: poner armonía en tu vida, acciones altruistas, ser agentes de paz.




Análisis Postural: Tarâsana

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Tarâsana, la postura de la estrella

por Àlex Costa




Serie Yoga Asistido 2

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Serie Yoga Asistido 2

Por Elisabet Polonio




Sobre la oración

Todos hemos visto orar a alguna persona o quizá ya forma parte de nuestra práctica espiritual. Puede hacerse en la intimidad o formando parte de un rito colectivo. Incluso puede sentirse, en algunos casos, como una obligación por parte de la religión a la cual uno, su familia o grupo, está adscrito. La oración puede pronunciarse en voz alta, susurrada o internamente, y también puede ir acompañada de gestos o movimientos. Las manos pueden juntarse o abrir los brazos, la mirada puede alzarse o mantenerse con los ojos cerrados. Puede haber postraciones, inclinaciones, vaivenes con el cuerpo o la cabeza, orientación hacia una dirección significativa del espacio o simplemente estar arrodillados. Las variaciones son múltiples e inagotables, todo depende del universo simbólico que el individuo o grupo sostenga pero quizá, lo importante, sea encontrar, más allá de toda forma, el sentido profundo que hay detrás de la oración.
En principio, utilizamos la oración para expresar algo que no sabemos comunicar por otras vías. Quisiéramos a través de la plegaria establecer una comunicación con algo “más grande” que uno mismo. Puede ser la idea de dios o divinidad, la de absoluto, la presencia de una inteligencia creadora que sostiene la existencia o la creencia en espíritus benéficos. En todo caso aparece la consciencia de finitud, de pequeñez o vulnerabilidad ante la existencia, sentida como eterna e infinita. Quizá por eso, la vía de la oración nos lleva a través de un atajo a la humildad profunda: somos parte de la creación, quizá expresada como hijos de Dios o como chispa encarnada de lo Absoluto.
Quizá en medio de la dureza y complejidad de la vida, la oración se convierte en un altavoz para pedir algún consuelo en el fragor de la lucha. Hay quien pide salud o prosperidad; soluciones a problemas o conflictos, o la misma felicidad para uno mismo o para los demás. Y ciertamente se puede orar desde una conciencia mágica o mítica en la que se pide a un ser todopoderoso favores o milagros, pero también desde una conciencia holística o integral en la que, más que favores o dones, se busca armonía, paz, comprensión o compasión por los más desfavorecidos.
Podríamos decir que lo importante es orar porque en esa intimidad de la oración podemos elevar el pensamiento más allá de la mente ordinaria y por encima de una racionalidad que fragmenta la realidad. La oración, al igual que el silencio, reunifica eso que somos y nos permite una interconexión entre todas nuestras dimensiones. Oramos desde el cuerpo y con la mente pero para llegar al alma. Nuestra esencia en verdad es la depositaria de esa oración, le hablamos al alma para que nos oriente en este mar de bifurcaciones vitales con las que nos encontramos todos los día.
En el sermón del Monte donde Jesús de Nazaret da a conocer las palabras en las que se basa el Padre Nuestro, según el Evangelio de San Mateo, es la oración por excelencia en el cristianismo y que hemos repetido o escuchado innumerables veces. Pero resulta curioso el paralelismo entre la oración y los centros de energía, en un viaje desde lo alto o sutil hasta lo bajo o concreto. Un viaje que busca una apertura a lo divino en la posibilidad de integrarlo en la misma vida, disolviendo los propios obstáculos que nos encontramos todos: las ofensas que recibimos, la tentación del mal, la supervivencia en el pan que nos será dado. Oración profunda pero, tomando perspectiva, en un lenguaje medieval, propio de otras épocas. Y es por eso, que nos preguntamos, si no será momento de abrirnos nuevamente a la bondad de la oración pero con un lenguaje más actual, desde una conciencia transpersonal, para rescatar valores que hagan de luminarias en nuestro camino.
Atreverse a pedir, desde el mismo corazón, para acallar nuestro pensamiento errático. Que así sea. Om shanti.

Julián Peragón

 

Photo by Amaury Gutierrez on Unsplash




Mudrâs, significados

Mudrâ es un gesto simbólico que se hace con las manos (algunos con todo el cuerpo) y que reflejan una actitud determinada. Forman parte de una imaginería que podemos ver en dioses hindúes, bodisattvas budistas, e incluso en otras religiones como el cristianismo. Divinidades que con sus manos y pies muestran su bendición a los fieles y gestos de poder divino. No olvidemos que los gestos de las manos forman parte de una gestualidad que usamos en todas los idiomas y que con gran seguridad formaron parte del primer lenguaje del ser humano. Esta conexión tan cercana entre el gesto y el cerebro abre un puente entre las mudrâs y las actitudes conscientes. Nuestra mano es tan precisa, tiene tantos movimientos posibles, concentra los meridianos energéticos, las zonas reflejas y, de hecho con ellas manipulamos la realidad que nos envuelve y se prestan con total idoneidad a ser soporte de concentración y de meditación, así como de una terapia energética.

Las manos, en su versatilidad, aglutinan muchos elementos necesarios para la complejidad del lenguaje simbólico. Derecha o izquierda, cerrada o abierta, arriba o abajo, juntas o separadas, apuntando tal zona del cuerpo o alguna parte del universo. Las mudrâs (porque en sánscrito es una palabra femenina aunque popularmente se conoce por los mudras, al castellanizarla) aportan una riqueza de significados en la misma práctica de âsana, prânâyâma o dhyâna. Hay tantas cualidades que nos interesan desarrollar en nuestro proceso de individuación y consciencia que la variabilidad de posiciones permite encontrar múltiples significados en una mezcla entre lo corporal, lo energético y lo espiritual.

La presión ligera de los dedos con los movimientos de la muñeca nos ayudan a flexibilizar manos pero también a estimular puntos sutiles energéticos. Pero la misma construcción de la mudrâ ya implica un cierto grado de concentración para llevarnos a un recogimiento interior. Al ser canal de afirmaciones varias nos permite eliminar la negatividad que acumulamos y abrirnos a un pensamiento positivo. En su esencia las mudrâs nos abren a la alegría. Asimismo son útiles para afrontar retos vitales y tomar decisiones importantes. 

Pero, sobretodo, nosotros las utilizamos en el Yoga como soporte de la meditación. En la postura meditativa todo se recoge en quietud para imitar, de alguna manera, el vacío o la nada, incluso la misma presencia de la muerte. Las manos, y los ojos, el cuerpo entero en movimiento es símbolo de conexión con el mundo y de actividad, a menudo frenética, de nuestra mente. Las manos deben permanecer recogidas y de ahí, el atajo al sello de la mudrâ. En la meditación, estos gestos son un recordatorio de lo esencial y a la vez una fuente de inspiración. Por ejemplo, en jñana mudrâ que es el gesto de la consciencia, el pulgar y el índice están en íntimo contacto como sugiriendo que la consciencia individual (índice), en el mismo acto meditativo, se abre a una consciencia universal (pulgar), una unión no dual que está en la búsqueda esencial del Yoga.

Para trabajar adecuadamente con las mudrâs sería conveniente hacer previamente un masaje de manos y dedos para activar la energía y flexibilizar nuestras pequeñas articulaciones. Podemos mantener cada mudrâ uno (o varios) ciclos de 12 respiraciones profundas, repitiendo, si fuera el caso, aquella afirmación que necesitamos en este momento.

Julián Peragón




Centro simbólico: Manuela Roelas

Por Manuela Roelas, octubre 2019, Barcelona