Mil millones de ojos

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Muchos días al levantarte por la mañana más de mil millones de ojos sobrevuelan la nitidez del día. Tras un sorbo de café aparece un emigrante ilegal que es descubierto por una patrulla fronteriza en el desierto de California en una especie de juego cruel del gato imperialista y el ratón subdesarrollado. Al pasar la hoja del periódico sabes que centenares de espaldas mojadas saltan el muro de acero levantado por Estados Unidos huyendo de la nada para precipitarse en otra nada llamada progreso. Una embarcación llena de boat people vietnamitas en realidad va a la deriva hasta toparse con un iceberg llamado Hong-Kong, ya sabemos cuál es el resultado. Sabes también que varias pateras llenas de desespero tentarán esta noche la fuerza de las tormentas del estrecho de Gibraltar atraídas por el imán del paraíso Europa que les niega a los inmigrantes el derecho a ser personas y juega sucio con el trabajo sucio que nadie quiere.

Cada mañana las paradojas del mundo se cuelan en cada bocado, como esos palestinos carcomidos por la espera de años y años que nunca han pisado Palestina y que aguardan en una tierra de nadie al sur del Líbano. Poblados kurdos en el norte de Irak donde no hay un solo hombre después que el ejército los masacrara a todos por el simple hecho de ser kurdos.

La nube de leche en el café parece extenderse como esa mancha de petróleo que se llama miseria y que asfixia toda dignidad humana que ha sido tempranamente traicionada. Los meninos da rua de Brasil son ya como otros tantos niños de la calle en Casablanca. Todo sabe amargo cuando vemos niños que han nacido en la cárcel hijos de refugiados vietnamitas, niñas en China abandonadas en míseros orfelinatos y niños angoleños tristemente mutilados por minas antipersonas en un África hundiéndose en el apocalipsis. En realidad no son niños, son viejos sin futuro.

No solamente los niños explotados y las niñas prostituidas preguntan por qué, preguntan por qué las mujeres afganas desplazadas en campamentos por no poder resistir la infamia del regimen de los talibanes.

Debajo de los puentes de Yakarta, sobre tristes barcazas en el río Saigón, en el hueco que dejan los raíles en las estaciones de Calcuta o en las fosas de aguas residuales en la ciudad de México una humanidad es borrada del mapa porque no entra en los cánones de un progreso llamado civilización que ha de producir y consumir ciegamente.

Una anciana indígena en Chiapas no pregunta ya, su rostro cosido por el dolor sabe que es discriminada por ser mujer, vieja, campesina, viuda, pobre, indígena, discriminada por su credo, por su idioma, encajando una herida más cuando los paramilitares asesinan fríamente a su marido y a sus hijos.

Todo esto nos queda lejos, el rumor monocorde de las noticias televisivas parece confirmarlo. Pero no nos damos cuenta que el corazón de Europa está roto y se llama Bosnia y Kosovo. Está cerca y se llama también terrorismo, nacionalismo, terrorismo de estado, corrupción generalizada.

El maquillaje de la democracia ya no da más de sí, el rimel de la sociedad del bienestar se corre para dar paso a ese verdadero rostro del capitalismo duro que eufemísticamente se llama globalización.

Es hora de reconocer que la deriva del mundo nos afecta y que debemos darle una respuesta al por qué de esos millones de miradas. Ahora.

Julián Peragón

 

 

 

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